La responsabilidad de ser un buen dirigente

Las noticias de los periódicos nos sorprenden con frecuencia con actuaciones de los principales actores de la sociedad civil, política o económica, que destacan por manifestaciones impropias de su calidad de dirigentes. Y así vemos que desde altas posiciones, cada una en su campo específico, se alientan conductas que afectan al orden público, agresivas a la tranquilidad de los demás ciudadanos. En otros casos, se producen abiertas confrontaciones con quienes tienen el deber de resguardar la paz, o son violatorias de propiedades y derechos ajenos. No faltan quienes usan su tribuna para utilizar la mentira o la calumnia como armas arrojadizas, afectando la honra de personas o instituciones. Y cada tanto se descubre un actuar doloso en asuntos económicos, con el solo objetivo de obtener más dinero o más poder, sin importar perjudicar a muchísimas personas.

¿Qué es lo que pasa? La respuesta rápida dice: ¡es la corrupción! Corrupción aquí y allá, en esto y en aquello. Es un mal globalizado. Afecta tanto a instituciones públicas como privadas.  Y tal vez ya nos quedamos tranquilos por haberlo descubierto y si, acaso, denunciado. ¿Es suficiente? Lamentablemente no lo es, ya que el  mal se sigue extendiendo; pero ciertamente es el primer paso. Papel importantísimo juegan los medios de comunicación al poner estos asuntos  a la luz pública, aunque causen dolor. También les asiste la obligación de informar con la verdad, sin juzgar.

El diccionario dice que corrupción es la acción y efecto de corromper; corromper es alterar y trastrocar la forma de algo, echar a perder, depravar, dañar, pudrir. Reflexionando para identificar los motivos que puedan llevar a las personas a estas actitudes, encontramos dos: el afán desmedido de riquezas y el deseo de poder; y los instrumentos para lograr esos motivos son frecuentemente el engaño, la falsedad, la mentira en una palabra. Y la mentira es, como decía el filósofo Leonardo Polo, la base del subdesarrollo.

Con diáfana claridad lo señalaba hace años Juan Pablo II, quien alertaba a los empresarios con palabras que son aplicables a todo dirigente: No olvidéis nunca que lo realmente peligroso son las tentaciones que pueden acechar vuestra conciencia y vuestra actividad: la sed insaciable de lucro, la ganancia fácil e inmoral; el despilfarro; la tentación del poder y del placer; las ambiciones desmedidas; el egoísmo desenfrenado; la falta de honestidad en los negocios y las injusticias hacia vuestros obreros.

Por esto, ser dirigente pone a quien tiene esa tarea frente a grandes responsabilidades, no solo para sí, en su conciencia, sino también para quienes tiene que guiar. Dirigir implica conducir una organización hacia metas mejores en términos de eficacia y de justicia. Deben ir ambas de la mano, en un habilidoso y concienzudo manejo que impide que vaya una en contra de la otra. Ser empresario, alcalde, presidente regional, dirigente gremial o universitario lleva a pensar seriamente en la conducción que se hace de esos organismos y en cómo resultarán afectados quienes de ellos dependen. Lo verdaderamente malo es el daño que se causa a los ciudadanos, al país, cuando se actúa buscando solo el provecho propio disfrazado en un supuesto bien común. Si bien la legislación puede ir acotando las obligaciones y definiendo delitos y sanciones, siempre queda un ancho margen para la actuación libre, pero no inocua, ya que finalmente todos seremos juzgados, antes o después.

Docente.

PAD Escuela de Dirección.

Universidad de Piura.

Artículo publicado el 31 de julio de 2012 en el diario Gestión.